Esencias Florales

LAS ESENCIAS FLORALES – ELIXIRES PARA LA VIDA DEL ALMA

 

floresBachEn un mundo de cientifismo positivo imperante se hace difícil definir a las esencias de flor que, por su sutil cualidad y por ser en realidad algo tan fundamental como “información”, no es posible categorizar de un plumazo mediante un titular sino, quizá, mediante una paráfrasis que nos permita adentrarnos en su capacidad sanadora que es, al mismo tiempo, compleja y sencilla (que no simple). Compleja porque nos resulta difícil entender que estas infusiones solares de flores, y en algunos casos de hojas y yemas de floración, en agua sean capaces de portar la información contenida en las flores, aquí entendidas como la máxima expresión de la vida de planta en tanto en cuanto son sus estructuras más complejas dado que su función es perpetuar la vida de la especie. Sin embargo, son ya muchos los estudios de índole científico que avalan la capacidad que el agua tiene, como fluido portador de la vida, para tomar y transmitir información. Y es que como alguien dijo en una ocasión, “nuestro cuerpo es el receptáculo que el agua eligió para poder pasearse por el mundo y conocerlo desde otra perspectiva”. Pero la capacidad sanadora de las flores es también sencilla de comprender, porque nada más fácil de entender que el hecho de que la naturaleza es fuente última de sanación, pues desde tiempos pretéritos siempre hemos acudido a ella. Así, y como bien sabemos toda farmacopea tuvo su origen en la vida vegetal, primero en forma de infusiones, decocciones y aceites esenciales que trabajan desde la dimensión puramente química de la planta (sus principios activos), posteriormente desde un trabajo en el plano más alto (que no necesariamente mejor o más importante) de la homeopatía con sus finas diluciones, o en el de las esencias de flores con su mensaje informativo que nos permite llevar a cabo transformaciones internas que implican a todo el ser, y finalmente en toda la farmacología moderna que sintetiza en laboratorio principios químicos presentes en la vida vegetal como es el caso del ácido acetil salicílico extraído de la corteza del sauce.

En su lenguaje de prosa poética, la reconocida elaboradora y teorizadora de esencias florales Patricia Kaminski afirma que “las esencias florales son los delicados hilos capaces de reparar ese fino tejido que es la trama del alma”, entendida ésta como el Ser Superior o como aquella parte de nosotros que es portadora de una conciencia holística, y no meramente física o racional, de aquello que somos. Y posteriormente, y echando mano de un símil científico, nos recuerda que son “catalizadores de los conflictos del alma” porque, al igual que los catalizadores en la ciencia química, son capaces de poner en marcha procesos internos de transformación pero siempre sin forzar y respetando el libre albedrío del sujeto. Según Edward Bach la enfermedad, en cualquiera de sus dimensiones física, mental o emocional, surge de la frecuente contradicción que aparece entre los dictados de la personalidad y los designios del alma, y en ese sentido las esencias de flores vienen a recordar a la personalidad, a través de la información de la que son portadoras, cuáles son los designios superiores del alma que deben de ser escuchados y atendidos. Es decir, que no siempre lo que quiero es aquello que es mejor para mi, pero siempre seré yo quien en última instancia decida, y en suma una visión claramente trascendente de la vida humana y de nuestra presencia en la tierra.

Pero la información sanadora con la que las esencias de flores nos conectan a través del agua, apoyada por el brandy que hace a la vez de conservante del preparado y de mantenedor de la propia información, no es de naturaleza mágica o caprichosa aunque aún hay mucho que permanece velado por el siempre necesario misterio, sino que es el compendio de aquello que cada planta representa. Es decir, la forma física de la planta de cuerpo a una idea, a un arquetipo, que se nos revela en su estructura, en sus formas, en su estatura, en el color de sus flores, y en todo un conjunto de elementos que hacen que cada especie vegetal sea única en si misma. Elementos que podemos “leer” desde esa idea de “doctrina de las signaturas” que ya acuñó Paracelso a comienzos del siglo XVI. Así las flores rojas expresan ideas relacionadas con la acción, la vitalidad y la potencia, o las flores azules nos elevan y dirigen nuestra mirada hacia el firmamento y el infinito. Y del mismo modo una planta herbácea no representa lo mismo que un arbusto o un árbol de grandes dimensiones, al igual que no expresan la misma idea las gramíneas, que nos hablan de como nos entregamos al mundo, que las solanáceas que están tan sujetas a potentes fuerzas telúricas. Por tanto toda planta da forma física a una idea, a una cierta información, a un arquetipo, y toda esencia es portadora de esa información de manera que al ponernos en contacto con ella a través de esas gotas que tomamos, somos capaces de poner en marcha transformaciones internas que implican al ser al completo.

Pero si las esencias son capaces de resonar en nuestro interior para que podamos emprender el camino del cambio y de la transformación, por ese mimo principio del libre albedrío no pueden forzar aquello a lo que no estamos dispuestos, o para lo que aún no nos sentimos preparados. Por ello es posible que al tomar las esencias puedan aparecer posibles y lógicos procesos de resistencia interna, que en algunos casos tengan como corolario ciertas somatizaciones de orden menor y generalmente pasajero, o ciertos malestares en los planos mental y emocional. De ahí la necesidad de la siempre importante presencia de un profesional avezado, capaz de conocer a fondo aquello de lo que las esencias nos informan, la pertinencia para contactar con ello, lo adecuado para cada circunstancia, y de acompañar y de utilizar amplios recursos en un proceso rico pero, como todo proceso profundo, no exento de los dolores y de las complejidades que siempre implica el crecimiento.

Podemos pues contar con la naturaleza como fuente de sanación y de conocimiento capaz de maravillarnos a cada paso pues, como ya declamó en sus versos San Juan de la Cruz en el siglo XVII, no hay nada más hermoso que la creación en la que siempre puede percibirse la presencia de lo divino que “Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura”.

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